Archivos Mensuales: febrero 2012

Deseo

“Teoría Queer y el Deseo como Máquina de Guerra”

Ludditas Sexxxuales

”Las maritrans, de pequeñas, cuando se les pregunta qué quieren ser de mayor, deberían todas responder: ‘Quiero ser bollera, maricón, transex. Quiero llegar a convertirme en un sujeto político real, capaz de intervenir en la sociedad desde mi ser lesbiano. Me importa una mierda si, luego, la inercia de las cosas me lleva a ser bombero o DJ: esto es accidental. De mayor me encantaría llegar a la plenitud y vivir solidariamente la marica que llevo dentro. Si en algún momento de mi vida olvido esto y me convierto en taxista con prácticas sodomitas, en abogada comechochos, en bombero travesti y acabo pensando que mi vida sexual es privada y que lo verdaderamente socializable y público es todo cuanto depende de familiares, entonces habré dejado en la cuneta a la lesbiana marica estupenda que aún no soy pero me encantaría llegar a ser de mayor’”

Paco Vidarte. Ética Marica

La teoría queer no constituye una teoría sistemática, sino que denomina un ámbito crítico que surge en el contexto del feminismo radicalizado, según nuestra lectura, como contestación a las políticas identitarias y de normalización de los movimientos LGTB y de algunos feminismos.

La previa…

Si bien el término “queer” en su acepción académica tal como se usa hoy -o casi- habría surgido con un texto de la filósofa feminista Teresa de Lauretis (Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities, 1991), hay quienes sostienen que fue la activista lesbochicana Gloria Anzaldúa la que acuñó su utilización en su libro Borderlines (luego hablaremos acerca de qué significa “queer” en inglés). Si bien de Lauretis rápidamente abandona el concepto por advertir su cooptación académica, en los años 90, “queer” se proponía como afiliación política contra la vieja guardia de gays y lesbianas que deseaban, y aún hoy desean, ser normales, ser iguales, ser como heterosexuales. A su vez, la filósofa feminista Judith Butler, en su libro Cuerpos que importan (1993), señala que “El término queer fue precisamente el punto de reunión de las lesbianas y varones gays más jóvenes…y, en otro contexto de heterosexuales y bisexuales para quienes expresa una filiación antihomofóbica.”

Lo cierto es que queer no puede ser abordado sin traer al presente el pensamiento tanto de Michel Foucault como de Monique Wittig. En el caso de Foucault, estamos hablando más exactamente del primer volumen de su Historia de la sexualidad (1976), poderoso instrumento conceptual para desnaturalizar la noción de identidad sexual que venían trabajando no solo el feminismo radical sino también los movimientos homosexuales. Desde la perspectiva foucaultiana, las categorías sexuales constituyen productos de constelaciones específicas de saber/ poder. Foucault explica no solo cómo el poder no se limita a reprimir, sino que se dedica a producir y moldear cuerpos y subjetividades (y también deseos); y así encarna en prácticas y discursos anclados en la cotidianidad. El poder, según este autor, no constituye un régimen exterior al sujeto; por el contrario el propio sujeto al que se nos invita a liberar es un efecto del poder disciplinario (o su producción más lograda).

Por su parte, la filósofa francesa lesbofeminista Monique Wittig se refiere a la heterosexualidad en su texto “El pensamiento heterosexual” (The straight mind, 1978) como un régimen político “que involucra una interpretación totalizadora a la vez de la historia, de la realidad social, de la cultura, del lenguaje y de todos los fenómenos subjetivos, y una tendencia a universalizar su producción de conceptos”, en tanto y en cuanto como lengua mayoritaria, hegemónica y dominante, solo se puede hablar bajo sus propios términos (un ejemplo de esto sería las formas de homoparentesco, única manera de alojar nuestros deseos de cuidado, protección y abrigo ante las inclemencias de la vida). Este pensamiento hetero está fundando en la necesidad ontológica de construcción del “otro diferente”: la diferencia esencial entre sexos construye, entonces, a la mujer como el otro diferente del varón (que viene a ser la norma). De allí que, “la mujer” no tiene sentido más que en los sistemas heterosexuales de pensamiento y en el heterocapitalismo (por eso, el dictum de Wittig: “las lesbianas no son mujeres”, aunque en la actualidad, las vemos marchar orgullosas en los Gay Pride con cochecitos de bebé, reivindicando su derecho a la maternidad para horror, espanto y vilipendio del lesbofeminismo radical de los 70).

En 1987, siguiendo los lineamentos de Foucault, Teresa de Lauretis, incorpora la noción de tecnologías del género para referirse al género como ideal regulatorio de poder que construye materialmente los cuerpos, mediante una serie de tecnologías biomédicas, semióticas, literarias, audiovisuales, etc: “Si las representaciones de género vehiculizan significados que sancionan posiciones sociales diferentes, entonces el representar o el representarse como varón o mujer implica la asunción del conjunto de estos efectos de sentido”. A partir de esta noción de género, es que los cuerpos se sexuan biomédicamente, se generizan, adquieren unas ciertas sexualidades, obtienen visibilidad social, etc.

Unos años más tarde, en 1990, Judith Butler publica lo que será un big bang dentro de la filosofía feminista. Se trata del libro El género en disputa, donde se refiere al género como un efecto performativo de actos reiterativos mediante los cuales éste se define. Para ella, no existe nada auténtico en relación con él, ni una identidad de género detrás de sus expresiones. Por el contrario, son las propias actuaciones performativas las que producen, en su repetición ritualizada, el efecto-ilusión de una esencia natural, de una cadena causal entre sexo y género sobre la que se funda la matriz de inteligibilidad heterosexual.

Post-post-post

A partir de todo lo dicho, la teoría queer propone un giro post-identitario que cuestiona la idea de identidad en tanto categoría o asignación fija, coherente y natural. De hecho, fue Michel Foucault quien declaró que no se trata de descubrir o liberar quiénes somos (salir del closet) sino de resistir la norma y los modelos de asimilación, en nuestro lenguaje, heterocapitalistas, para poder analizar cómo llegamos a ser lo que somos. Es decir, un desplazamiento fuera de la esencia del ser u ontología.

Entonces, queer designa no una clase de patologías o perversiones previamente decodificadas por los biopoderes, que la buena mente y consciencia política se encargaría de desestigmatizar -pacificando en ese gesto su revulsividad monstruosa- y retirar de los manuales de psiquiatría mediante el lobby internacional de derechos humanos, sino un horizonte de posibilidades que en principio no pueden ser ni previa ni aprioristicamente delimitado, pero que sí comparten ciertos presupuestos epistemológicos radicales por fuera de todo modelo de asimilación heteronormal: ni matrimonio, ni parentesco, ni monogamia, ni pareja, ni amor romántico, ni trabajo formal, a riesgo de dejar de funcionar como queer. Si es que viene a ser algo, queer sería un hacer renovador, un verbo afilado, una acción lapidaria que no puede nunca quedarse quieta, puesto que es nómade, fugitiva y criminal, y atenta en cada acto contra la generización esencialista intrínseca a cualquier identidad que conformemos (sea de la especie que sea).

En tal sentido, queer no constituye una identidad -vinculada con el reconocimiento y éste, con el narcisismo-, sino que se trata de un devenir, una zona o plataforma móvil de productivización sexo-afectiva micropolítica disidente minoritaria y marginal.

Los gorriones de París

En este punto, los aportes de la filosofía del devenir de Gilles Deleuze y Félix Guattari, como así también su nueva conceptualización del deseo, son de la partida a la hora de entender no tanto qué quiere decir “queer”, sino más bien cómo funciona. Con la publicación del Anti-Edipo en 1972, y de Mil Mesetas en 1980, ambos autores plantean una crítica crucial al psicoánalisis e impulsan una nueva forma de pensar no solo el deseo y el inconsciente, sino la identidad. Para estos filósofos, las identidades siempre son mayoritarias, sujeción del desarrollo de nuestra potencia de vida a los deseos y formas propias de esa identidad que se nos incorpora en el sentido etimológico de la palabra (se nos hace cuerpo). El yo personal no permite, entonces, que prolifere en él nada que no sea acorde con dicha identidad, aprisionando la vida en el mismo movimiento. De allí que Deleuze y Guattari propongan líneas de fuga o devenires, es decir, la ruptura de las líneas duras del ser. Los devenires son siempre minoritarios, ya que no están guiados por identidades. A fines de escapar a las reterritorializaciones antivitales que producen las lógicas identitarias fundadas en la taxonomía arístotélica, Deleuze toma los argumentos de Spinoza acerca de las potencias. La pregunta fundamental de la Ética de Spinoza, dice Deleuze, es ¿qué puede un cuerpo?Nunca se puede saber lo que un cuerpo puede antes de la experiencia, porque un cuerpo no está definido por la pertenencia a una especie, sino por los afectos de los que es capaz, por el grado de su potencia.

A diferencia del discurso del psicoanálisis iniciado por Freud y continuado por Lacan, que concibe el inconsciente como teatro, y el deseo como pulsión primaria natural preconsciente, prediscursiva, auténtica, reprimida, y como falta o carencia; la perspectiva esquizoanalítica de D&G entiende al inconsciente como fábrica y al deseo como máquina. Es decir, el deseo es producido, no representado como dirían los policías psi. Se trataría entonces de un agenciamiento de heterogéneos que no comporta carencia alguna, y no de un dato natural. El deseo es un proceso, no una estructura; es un afecto, no un sentimiento; es acontecimiento, no cosa o persona; y especialmente implica la constitución de un campo de inmanencia (que Deleuze llama “cuerpo sin órganos”), que se define por zonas de intensidad, umbrales, gradientes y flujos en la puesta en juego de un lenguaje surreal que venga a decir de maneras distintas en un intento por realizar cosas distintas.

Haciéndose eco de las ideas de D&G, el poeta, ensayista, activista y puto Néstor Perlongher, muy tempranamente, en Sudamérica, hizo un llamamiento a liberar no a los homosexuales (lógica indentitaria), sino a la homosexualidad, en tanto devenir deseante que habita en cada culo. En un ensayo titulado “El sexo de las locas” de 1984, Perlongher invitaba a un devenir de la sexualidad fuera del modelo politicamente correcto del gay y de sus enclaves disciplinarios normalizados. No en vano conoció a la Felicia Guattari en tierras brasileras durante su exilio sexual de la Argentina, en 1982.

Entonces, entendemos lo queer como agenciamiento de minorías sexuales radicales, de disidentes sexo-afectivos, de objetoras de género, que tuvo la capacidad de articular y resonar una proliferación de prácticas por fuera de los marcos institucionales, ya sea externos como internalizados. Como tal, se opuso fuertemente a los límites de las viejas formas de hacer política -no mediante acuerdos del tipo programa-. Asimismo, cuestionó sin retorno la regulación de las sexualidades mediante el matrimonio, la familia, la pareja, la crianza, la monogamia, la salud (que no es la vitalidad). Aquellxs que luchan y bregan por los derechos civiles igualitarios LGTB constituyen hoy la reterritorialización más aguda de los valores cívico-cuidadanos del HeteroCapitalismo Global Integrado, reflujo fortificado por la noción ecuménica de un ser-politicamente-correcto gracias a las indentidades.

Queer ha salido al cruce del aliado cool gay de la heteronorma, cual barba travesti amanecida que desea continuar siendo prostituta, como varoncito puto inclasificable que le gusta chuparle la pija a sus amigos pero también la conchita a sus amigas, como promiscuo barebacker, como forma-de-vida-sexual inclasificable más deseante que deseable. Es decir, como el sucio secreto que los primos G&L prefieren ocultar para poder ingresar a un lugar que por lo menos es -sino horripilante- anodino, llamado normalidad, y de cuya cárcel tantxs heterosexuales se han urgido por escapar. Tal como temíamos, el enemigo está también en nuestros propios aliados, en nosotrxs mismxs, en esa insistente rencarnación de los modelos dominantes que encontramos en nuestras propias actitudes de vida en las más diversas ocasiones.

De hecho, a lo largo de su obra ya sea individual o en colaboración, Guattari explica que “la nueva fase del capitalismo” (llamado cultural o cognitivo) “se caracteriza por la producción de subjetividad” (subjetividad heterocapitalistica, en nuestro idioma). Todo lo que es producido por este modo de subjetivación no es solo una cuestión de ideas o significaciones o de modelos de indentidad, sino que se trata de sistemas de conexión directa entre las grandes máquinas productivas, las de control social, y las instancias psíquicas que definen la manera de percibir el mundo: “La producción de subjetividad constituye la materia prima de toda y cualquier producción”. La infantilización de los cuerpos o formas-de-vida conforma una función económica de la subjetividad heterocapitalística, donde el Imperio piensa y organiza por nosotrxs la vida social, en relación con la mente hetero que planteaba Wittig, tal como un padre (o madre), en el orden del parentesco familiarista edípizante, organiza y administra todos los asuntos del niño o la niña: por su propio Bien.

Puteame que me gusta o pegame y llamame queer.

La palabra queer se ha utilizado en el contexto angloparlante como insulto contra gays y lesbianas, dado que constituye una injuria que designa a determinados cuerpos como patológicos, abyectos y anormales, y los escinde de la esfera pública. A finales de los años 80, numerosos grupos de activistas se apropian de esta injuria (queer en inglés viene a querer decir algo así como freak más gay), para autodenominarse, e invierten su sentido estigmatizante y lo vuelven su lugar de enunciación política. Así surge un nuevo tipo de activismo concomitante con la crisis del SIDA especialmente expresado en colectivos tales como ACT-UP y Queer Nation, que optan por una política confrontativa. No obstante, cuando la palabra es ocupada por lxs no angloparlantes se pierden su densidad semántica, su choque político y espistemológico.

Sin embargo, queer podría ser entendido como una manera de mirar el mundo, un punto epistemológico crítico de acción hic et nunc. En su presupuesto de origen, queer por un lado debe estar en permanente fuga puesto que objeta la jerarquización de las identidades candidateables a la normalidad y teme la re-ontologización de las esencias; por el otro, habita como discurso en ciertas latitudes paupérrimas donde ni siquiera existe lo LGTB. De ese modo, nos encontramos frente a la encrucijada: ya sea que sigamos utilizando este término a sabiendas de que ha sido completamente asimilado como significante por aquello que -tal como denunció Teresa de Lauretis- venía a combatir, ya sea que pasemos una y otra vez por la fallida experiencia LGTB -cual marxistas del género- hasta que nuestras comunidades sexuales más lumpen puedan ser burguesas del culo o del género y así hacer la revolución proletaqueer.

De allí que el filósofo activista y maricón recontra, Paco Vidarte proponga, frente a los repliegues politicamente correctos y acomodaticios del modelo gay, pero en brutal violencia contra el régimen heterosexual, una política anal (órgano abyecto que cualquier cuerpo porta independientemente de su bioasignación médico-jurídica) que consiste en, parafraseándolo, “meter en el culo todo aquello que cae en su proximidad y hacia afuera tirar pedos y mierda”.

Queer también tuvo algo que decirle al feminismo tradicional que confía en trabajar dentro de los marcos del Estado y sus legalidades, así convirtiéndolo una vez más en un interlocutor válido y reortorgándole un poder que el Estado ha ido perdiendo en la competencia contra otras instituciones, como la industria farmacopornográfica. Allí, queer revisó lo mejor del feminismo radical sexual de la mano de Gayle Rubin y de Pat Califia en sus primeras manifestaciones, cuando conformaron el grupo lésbico sadomaso Samois y se trenzaban en despiadadas batallas contra las pontificantes y mojigatas Andrea Dworkin y Nancy McKinnon, para encontrar la manera de aliar cuerpos-márgenes: prostitutas de todo sexo y color, migrantes, yonquis, travestis y transgéneros, indixs y locxs. Es decir, los malos e indóciles sujetos de las políticas sexuales que no dejan dormir en paz al bebé concebido con la costosa inseminación artificial de la amorosa pareja lésbica profesional blanca y exitosa, que se ha casado por civil para poder heredarse los bienes de la propiedad privada obtenidos en cargos gerenciales como periodistas clasificadas.

Acabando

No son los temas del queer lo que han fracasado, sino su nombre que sin nostalgia puede ser dejado atrás, puesto que como tantos otros, ya no quiere decir nada (sea que le pongamos queer, cuir, kuir, o lo que queramos), para poder devenir en manada. Ni la integración voluntaria al sistema, ni la pugna por una vida mejor y más cómoda dentro de él, es decir, el reconocimiento de derechos que son siempre privilegios; sino la creación de nuevas cartografías en el mapa del control, lejos de las coordenadas psicofísicas del Imperio del Heterocapitalismo. En vez de ser aceptadas como buenas o malos, estimular nuestras potencias para generar situaciones, estados de excepción que perduren por el mayor tiempo posible, intensidades, densificaciones, donde el acontecimiento y la presencia sean inmunes a esa aceptación porque han sido contagiados con el virus del deseo antiheteronorma. Siguiendo a Emma Goldman en La Tragedia de la Emancipación de la Mujer, ahora hay que emanciparse de la emancipación.

PornoVirus: infectando los cuerpos / placeres / deseos del Heterocapitalismo Mundial Integrado

PornoVirus

Infectando los cuerpos / placeres / deseos del Heterocapitalismo Mundial Integrado

Ludditas Sexxxuales

para Madison Young y Belladona por enseñarnos a coger
a Sandra Romain por sus formidables pies anti- Cenicienta

El porno es la teoría y la heteronorma su práctica. Esta provocativa frase tiene su fundamento en el alto poder disciplinador y productor del deseo de la industria pornográfica. Lo propio del porno dominante y mayoritario, tanto visual como audivisual, aquel que se encuentra sin dificultad alguna en el videoclub, en kioscos de revistas o en los sitios de mayor acceso en internet, para su visualización y descarga, es el control y programación del binomio placer / deseo a través de la gestión política del así llamado “circuito excitación-frustración” por la filósofa Beatriz Preciado. La actual fase del capitalismo postindustrial (las “sociedades de control” deleuzianas), que denominamos heterocapitalismo global integrado o heterocapitalismo cognitivo, se caracteriza por la producción y control de las subjetividades, un tipo de producción que, siguiendo los argumentos de Félix Guattari, no tiene lugar únicamente en el orden de la representación, sino también, y sobre todo, en la “modelización de los comportamientos, la sensibilidad, la percepción, la memoria, las relaciones sociales, las relaciones sexuales, los fantasmas imaginarios, etc.” En este marco, las configuraciones somaticopolíticas de género presentan a los cuerpos biopolíticamente asignados al sexo “varón” como penetrator universalis naturalis.
En la actual guerra en curso el sexo constituye uno de los enclaves estratégicos en las artes de gobernar, consideración que inscribe su genealogía en el escenario de la Revolución Francesa, donde la reproducción sexual se entiende como una de las maquinarias de lo social. De allí que el cuerpo social esté organizado reproductivamente, es decir, para producir vástagos (el famoso ejército de reserva sobre el cual advertía el discípulo de David Ricardo) y que toda sexualidad no reproductiva se convierta en objeto de control, vigilancia y normalización, como ha explicado lúcidamente Miche Foucault. En tal sentido, el género como ideal regulatorio de construcción de la corporalidad, el sexo y los dispositivos de la sexualidad, pasan a formar parte de los cálculos del poder, de modo que el discurso (los sistemas de signos) sobre la masculinidad y la feminidad y las técnicas de normalización de las identidades sexuales se transforman en agentes de control y modelización de las formas-de-vida en las que esos cuerpos se expresan. Por ejemplo, femenino y masculino ya no son un set de conductas sociales aplicadas conductivistamente sobre un cuerpo dado, sino que se trata de ficciones políticas que encuentran en la supuesta biosubjetividad individual su soporte somático, su lugar donde encarnar, en el sentido etimológico del término. Se trata de dispositivos totales de masculinización y feminización que conjugan lo audiovisual, lo hormonal, lo literario, etc., como complementos “naturales” de unas supuestas feminidad / masculinidad de nacimiento.
Parafraseando al grupo insurreccionalista Tiqqun, frente a la “evidencia de la catástrofe,  están las que se indignan y las que toman nota, las que denuncian y las que se organizan. Nosotras estamos del lado de las que se organizan”. La capacidad didáctica-conductiva de la pornografía y de las visualidades de género que ésta conlleva, constituye, más que una suerte de destino definitivo y cancelado en su operatoria, un potencial disruptivo susceptible de ser reapropiado y resignificado. ¿Por qué abolir sin más un arma que se probó tan efectiva? En efecto, si la pornografía es, como sostiene Preciado, un dispositivo de subjetivación arquitectónico mediático y de producción de lo privado y doméstico como espectáculo, es posible concebirla como “una representación de la sexualidad que aspira a controlar la respuesta sexual del observador…” mucho más que a representarla.
A grandes rasgos, podemos reconocer que la pornografía que se impone comercial o popularmente, tiene un marcado acento autoritario que reproduce las normas policiales de género. Se establecen de este modo códigos muy precisos de lo que un cuerpo puede o no puede hacer según su bio-asignación política sexo-género. La pornografía aparece aquí como un género en su sentido anfibológico: como producción artístico-somática. Produce así formas visibles / vivibles de genitalidad (penetración, felación, eyaculación masculina) y privilegia la producción de placer del ojo heterosexual (straight eye). Con ello inventa y sofistica estéticas y coreografías de la sexualidad donde el cuerpo y su genitalidad se recorta de acuerdo a sus funciones reproductivas (y reproductoras) -este agujero para penetrar, esta boca para recibir cumshot.
De allí que, como arma, no se trataría tanto de destruirla sino de resignificarla y reutilizarla mediante la visibilización de prácticas, corporalidades, sexualidades, géneros y  agenciamientos sexo-afectivos que atenten contra el orden de las cosas, especialmente la heteronorma. La lógica ácrata de intervención postpornográfica considera que el Estado no puede protegernos de la pornografía, puesto que la pornografía forma parte de los cálculos del biopoder regulados y auspiciados por el mismo Estado.
Recordando el dictum de Deleuze en Post-scriptum sobre las sociedades de control, se trata de buscar nuevas armas. Entre ellas, el postporno se propone inventar otras formas compartidas, colectivas, visibles, abiertas de deseo, un copyleft de la sexualidad que supere el estrecho marco de representación pornográfica dominante y el consumo sexual normalizado, que siendo sexualmente activo, cuente, como su hermano heterocapitalista, con la capacidad de modificar la sensibilidad y la producción hormonal mediante un movimiento de apropiación. Poniendo en marcha un devenir público y político de aquello que se construye como privado y vergonzante, es decir de montar una “máquina de guerra” deseante contra el heterocapitalismo. El porno constituye un sistema semiótico abierto o al menos fisurado al que hay que atacar e infectar con reflexión crítica en el uso de los placeres y en la reprogramación de los deseos, mediante una proliferación de la semiosis cual hackers del sexo-cuerpo, a través de la acción directa, desterritorializando la sexualidad y abriendo devenires de los cuerpos que hagan estallar los ordenamientos disciplinarios de sexo / género en sus recortes territoriales dominantes. Así, la pospornografía constituye una apuesta por desmontar y viralizar el marco de representación pornográfica dominante, parodiando incluso la utilización de la figura protagónica central que la pornografía industrial también utiliza a la vera del arte legitimado: parodiar la porno star (desde Ciccolina hasta Tracy Lords, pasando por la neumática Pamela Anderson, tal como lo hace por ejemplo Jemma Temp) que a su vez es una parodia degradada de la actriz legítima que se saca la ropa en cámara (Kim Bassinger). Cuerpo público de la actriz porno al que todxs frustradamente deseamos acceder, pero cuyo uso está vedado sólo en la representación visual.
Como ha señalado Javier Sáez, “El porno es un género (cinematográfico) que produce género (masculino / femenino). El posporno es un subgénero que desafía el sistema de producción de género y que desterritorializa el cuerpo sexuado (desplaza el interés de los genitales a cualquier parte del cuerpo)”. Podríamos sostener que emerge entonces un agenciamiento postpornográfico, no ya como mero consumidor o reproductor del lenguaje sexual dominante que le es dado y frente al cual pasivamente se entrega cual cuerpo dócil, sino en tanto plataforma de enunciación política e insubordinación crítica que pone en cuestión (para dinamitarlos) los códigos de género y sexuales dominantes. Cabe preguntarse, asimismo, cuándo también pondrá en jaque a las identidades que, en las actuales disputas de poder de los movimientos que albergan estas prácticas, se erigen como pornstars y divas teóricas de la disidencia, en pos de la disolución de los yoes y los egos.

Bibliografía

– Gilles Deleuze. “Post-scriptum sobre las sociedades de control”, en: Christian Ferrer (comp.) El lenguaje Libertario, La Plata, Terramar, 2005.
– Michel Foucault. El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1999.
– ………………… Historia de la sexualidad 1. La voluntad de poder, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002 [1976]
– Félix Guattari. Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Madrid, Traficantes de sueños, 2004.
– Ludditas Sexxxuales. “Teoría queer y el deseo como máquina de guerra”, en: destructorasdemaquinas.wordpress.com, 2011.
– Beatriz Preciado. Testo Yonqui, Madrid, Espasa, 2008.
– ………………….. Pornotopía, Barcelona, Anagrama, 2010.
– Tiqqun. Llamamiento, Buenos Aires, Folia, 2010.